Cooperación Internacional: del paternalismo a la revolución de saberes

Escrito por: Robert Haudry de Soucy, Co-Founder & Chief Climate Action Officer.

¿Es posible otro modelo de cooperación?

Por siglos, la cooperación ha sido el motor de la civilización. Sin ella no existirían las ciudades, las culturas ni las innovaciones que hoy dan forma a nuestro mundo. Pero ¿y si la «cooperación internacional» tal como la conocemos estuviera estancada en modelos obsoletos, incapaz de responder a los desafíos del siglo XXI? 

La cooperación, en su esencia, es solidaridad: compartir conocimientos, recursos y herramientas para que todos avancemos juntos. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, la ayuda internacional se ha convertido en una estructura burocrática donde los financiadores dictan el cómo, el cuándo y el por qué. Se mide el éxito con indicadores que importan a los donantes, no con cambios reales en la vida de los actores que generan desarrollo en los territorios. Pero cambiar vidas no es una meta trimestral; es un proceso intergeneracional. 

El problema radica en que seguimos enfrentando crisis globales—climática, migratoria, digital—con herramientas del siglo pasado. La cooperación al desarrollo es, quizás, la industria menos propensa a la innovación. Los verdaderos protagonistas del cambio—los actores del ecosistema territorial, económico y social—son vistos como beneficiarios pasivos y sus voces tienden a ser ignoradas en muchas ocasiones. Pero las soluciones ya existen en las comunidades. No necesitan demostrar que saben cultivar su tierra, gestionar su agua o preservar su cultura. Lo que necesitan es ser reconocidos como actores clave y trabajar en igualdad de condiciones, compartiendo resultados y riesgos con sus socios de largo plazo, construyendo con ellos soluciones viables y progresivas que realmente permitan crear cambios sostenibles.  

Entonces, ¿cuál es el camino?  

Primero, abandonar el concepto de «proyecto» como eje central de la cooperación. No se erradican las violencias, no se generan ingresos duraderos, ni se construyen sociedades resilientes con financiamientos efímeros y donantes que cambian de prioridades. La cooperación debe basarse en relaciones diversas de largo plazo y en contratos de asociación que expliciten los intereses de todas las partes, en la construcción progresiva de soluciones que evolucionen con las necesidades reales de los territorios. 

Segundo, cambiar la mentalidad de «ayuda» por la de intercambio de saberes. Las comunidades y redes de capital social, patrimonial y empresarial no están esperando ser salvadas; están esperando ser escuchadas. «Por favor, no nos ayuden si lo van a hacer solo a su modo», han dicho muchas veces. Y tienen razón. La cooperación auténtica no es imposición, sino diálogo y co-creación. 

Finalmente, debemos revolucionar los modelos de financiamiento. En lugar de dispersar recursos en proyectos fragmentados que mueren con el cierre de cada ciclo presupuestario, la cooperación debería centrarse en la eliminación de las causas de los problemas. El financiamiento no puede responder solo a tendencias globales impuestas; debe alinearse con estrategias locales de largo plazo y construirse en torno a intereses convergentes entre los financiadores y los actores de los territorios. Los financiadores también deben asumir riesgos y rendir cuentas, siendo evaluados no solo por el uso de fondos, sino por el impacto real de las acciones que apoyan. 

Si la cooperación desapareciera mañana, ¿qué nos quedaría? ¿Estamos construyendo resiliencia real o dependencia? El futuro de la cooperación no está solo en manos de los financiadores, sino también de quienes crean soluciones en el terreno. Es hora de transformar la cooperación en un verdadero acto de reciprocidad, donde todas las partes aporten y aprendan. Es hora de dejar de «ayudar» y empezar a construir juntos.


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